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Poemas de Adalber Salas Hernández




XX


Cuando empieza a manifestarse el escorbuto, pequeñas bolas sanguinolentas brotan bajo la piel. Si las tocas mucho, revientan.


Los brazos se desploman sin previo aviso. Las manos se aflojan y dejan caer lo que estén sosteniendo. Queda el miembro guindando, como si fuera de alguien más.


Manchas púrpura empiezan a colonizar las extremidades inferiores. Al principio son unas pocas, pero crecen con rapidez. Es la sangre estancada y aturdida.


Hemorragias en los intersticios, en las articulaciones, bajo las uñas.


Las encías se hinchan e infectan, los dientes se caen.


Las heridas se niegan a cicatrizar; las pasadas se abren nuevamente. Algunos afirman que parecen bocas tomando aire para hablar.


Edemas atestan el interior de las piernas. La piel y los ojos adquieren una tonalidad amarillenta. Una fiebre sin sol se arrastra por todo el cuerpo.


 

XXI


(Relazioni in torno al primo viaggio di circumnavigazione. Notizia del Mondo Novo con le figure dei paesi scoperti, Antonio Pigafetta)


El miércoles 28 de noviembre

abandonamos el estrecho para entrar

en la grande mar


a la que dimos de inmediato

el nombre de mar Pacífico


en la que navegamos por el curso

de tres meses

veinte días

dieciocho horas


sin gustar de ningún

alimento fresco.


El bizcocho que comíamos

ya no era pan

sino cosa ciega


polvo

pólvora agria

mezclado con gusanos

que habían deglutido

toda su substancia


pan que ya nunca

podría ser carne

de mi carne


y que además era de un hedor


impregnado como estaba

con orina de ratones.


 

XXII



Hafvalla es la palabra que en las viejas sagas nórdicas

se usa para referirse a la desorientación en altamar


eso que sucedía a los marinos cuando el cielo

se les quedaba quieto como animal patas arriba


y el nervio tenso de las corrientes los estacionaba

en mares de nadie.


El sol frota las manos con su cal

y baja por la garganta como sebo áspero

y deja líquenes en los ojos para que


veamos serpientes en la curva de las olas

y encontremos espinas desconcertantes en los peces

comidos crudos.


 

XXV – Cuatro postales de un naufragio

(Naufrage de la frégate La Méduse, faisant partie de l’expédition du Sénégal, en 1816, J. B. Henri Savigny y Alexandre Corréard)



1.

Los desafortunados que la muerte no había tocado durante la noche, se precipitaron sobre los cadáveres que cubrían la balsa, los cortaron en lonchas, y algunos incluso los devoraron en ese mismo instante. Muchos no tocaron la carne; casi todos los oficiales actuaron así. Viendo que este alimento horroroso había devuelto alguna fuerza a quienes lo habían comido, algunos propusieron secar la carne para hacerla un poco más soportable al paladar. Los que tuvieron la voluntad de abstenerse, pidieron una mayor cantidad de vino. Intentamos comer los cinturones de los sables, las bolsas de cuero. Algunos conseguimos comer trozos. Otros comieron telas, sombreros sobre los cuales había algo de grasa e inmundicia. Nos vimos obligados a abandonar estos medios. Un marinero intentó comer excrementos, pero no lo consiguió.


2.

Durante la tarde, hacia las cuatro, un evento nos aportó algún consuelo: un banco de peces voladores pasó sobre la balsa. Nos precipitamos sobre ellos y capturamos una cantidad considerable. Unos trescientos. Los colocamos en un barril vacío. Allí les abrimos el vientre para sacarles lo que llaman la leche; este manjar nos pareció delicioso, pero haría falta un millar para alimentar a un solo hombre. Sus vértebras se parecían a las falanges de los dedos.


3.

Durante el transcurso del día, dos militares se habían deslizado detrás de la única barrica de vino que nos quedaba. La habían agujereado y bebían de ella con una pajita. Todos habíamos jurado que aquel que empleara medios tales sería castigado con la muerte. Esta ley fue ejecutada de inmediato y los dos infractores fueron lanzados al mar.


No quedábamos más que veintiocho. De este número, sólo quince parecían poder seguir existiendo algunos días; todos los otros, cubiertos de grandes heridas, casi habían perdido la razón por completo. Sin embargo, recibían sus raciones, y pensábamos que podían consumir de treinta a cuarenta botellas de vino antes de su muerte, lo que era para nosotros de un precio inestimable. Se deliberó: dar sólo medias raciones a los enfermos era matarlos enseguida. Después de mucho discutir, se decidió que los lanzaríamos al mar.


4.

Nos devoraba una sed ardiente, multiplicada durante el día por los rayos de un sol brutal. Nuestros labios secos abrevaban con avidez en la orina que hacíamos enfriar en pequeñas jarras de hierro blanco. Se ponía el pequeño vaso en un lugar donde hubiera poca agua, para que la orina enfriara más rápidamente. A menudo sucedía que estos vasos eran hurtados a quienes los habían preparado. Rápidamente se devolvía la jarrita a quien pertenecía, pero sólo después de haber bebido el contenido.


 

XLVI – Barbarus hic ego sum

(Tristia, Publio Ovidio Nasón)


Aquí no hay quien me escuche, quien

sepa lo que significan mis palabras. Todo

es habla salvaje y voces animales,


todo es el terror de lenguas extrañas.


Siento que he olvidado el latín,

que sólo sé hablar como los getas y los sármatas,

ya sólo sé expresarme

en esta lengua de devociones elementales,


que no sirve para cubrir

ni para quitarle el frío a nadie,


esta lengua que pertenece a gentes

que hacen música sacudiendo rocas y ramas,

que tienen nombres como el sonido del hielo

cuando cede y se quiebra,


que creen que el mundo descansa

sobre mil caballos galopantes.


Aquí el latín es inútil

como una carta náutica

desteñida por el sol.


 

Adalber Salas Hernández. Caracas, 1987. Poeta, ensayista, traductor. Entre otros, autor de los libros Salvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita; Valencia, Pre-Textos, 2015; traducido al alemán por Geraldine Gutiérrez-Wienken y Marcus Roloff como Aus dem Kopf durch die Nacht y publicado por parasitenpresseen 2021), mínimos (Madrid, Amargord Ediciones, 2016), La ciencia de las despedidas (Valencia, Pre-Textos, 2018; traducido al inglés por Robin Myers como The Science of Departures y publicado por Kenning Editions en 2021) y [a love supreme] (Caracas, Letra Muerta, 2018), así como los volúmenes de prosa Clarice Lispector: el lugar de la poesía (Santiago de Chile, Ril Editores, 2019), Isolario (Bayamón, Ediciones Aguadulce, 2019), Palabras sin dueño. Variaciones sobre la traducción literaria (Ciudad de México, Dirección de Literatura UNAM / Periódico de Poesía, 2019) y 23 shots (Caracas, Dcir Ediciones, 2020). Entre otras, ha publicado traducciones de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Mário de Andrade, Hart Crane, Pascal Quignard, Mark Strand, Lorna Goodison, Louise Glück, Yusef Komunyakaa, Anne Boyer, Nicholas Laughlin, Shara McCallum, Jamaica Kincaid, Frankétienne y Patrick Chamoiseau. Su trabajo poético ha sido reunido en las antologías Ai margini di un mondo sconosciuto (Roma, Edizioni Fili d'Aquilone, 2018; traducción de Alessio Brandolini) yDe ningún viaje se vuelve (Guadalajara, Mantis Editores, 2019). Su libro Nuevas cartas náuticas, del cual provienen los textos aquí presentados, será publicado próximamente por Pre-Textos.







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