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Poemas de Sara Uribe




















ASÍ QUE DE TROYA NI HABLAR


¿Te conté que intenté escribir un poema sobre caballos? ¿No?

Se trataba de un poema obediente

que intentaba ser desobediente sin conseguirlo.

Pero, ¿qué cosa es un caballo castrado?

Un caballo, te digo, sí.

Castrado, sí.

Porque aunque yo empezaba mi poema

diciendo que todos éramos caballos castrados

poca cosa

sabía

sobre caballos.

Menos aún sobre caballos castrados.

Así que hice lo que cualquier persona haría.

Fui a Wikipedia.

Y sirvió. Hallé ahí todo lo necesario para escribir

un poema sobre caballos. La etimología. La historia

de su evolución. Sus mutaciones. Los nombres de cuanto

caballo famoso y mítico. Todo lo que había que saber

acerca de caballos estaba ahí. No restaba más que vaciarlo

al molde, acomodarlo en la caja-horno

de la transcripción-escritura.



La cosa es que una vez terminado

mi poema no era un caballo.

Mi poema era un fraude.

Un falso caballo.

Un poema castrado.

Así que hice lo que cualquier persona haría.

Escribí un tuit:

¿Cómo sabe uno a qué horas irse de un poema fallido?

¿Algún manual de procedimientos?

¿Algún teléfono de emergencias?


 

DISCURSO SOBRE EL CUERPO


Digamos algo sobre las distancias que escapan por el cuerpo. Sobre lo que el cuerpo necesita decir mientras enmudecen sus articulaciones. Digamos que el cuerpo necesita quedarse quieto para decir algo sobre las distancias. Algo que quedó pendiente, aclaras. Algo que no dijimos y que ahora estos dedos céleres sobre el teclado intentan balbucear. Porque, después de todo ¿qué somos sino balbuceos en torpes dedos que intentan nombrar? ¿Aprendices? ¿Equilibristas? Apostamos todo lo que teníamos a que el cuerpo podría decir algo sobre nuestras distancias ¿Lo perdimos todo? ¿Qué fue, en todo caso, ese todo que apostamos? ¿Qué fue sino el cuerpo y sus distancias? Digamos algo ahora que ya nada queda en pie. Que alguien nos dé un discurso sobre todo aquello que quedó sin decirse. Que alguien, por ejemplo, se ponga en pie sobre las ruinas y dicte un elocuente discurso sobre el vacío. O sobre lo que una vez roto, tras el derrumbe, ya no puede sostenerse en sí mismo. Que alguien, a pesar del derrumbe se sostenga sobre un discurso vacío. Digamos algo sobre el cuerpo que cae sobre las ruinas o sobre el vacío o sobre el derrumbe. Digamos algo sobre una apuesta que en el vacío se esfuma. Que alguien, que ese discurso hable de las distancias o de todo aquello que el cuerpo no dijo. Que alguien ostente una frontera. Que alguien más intente profanarla, añades. Que alguien sepa que su cuerpo es también una distancia. Que alguien se construya o se reconstruya a partir de distancias que se abren o que se cierran. Que alguien se reescriba con un discurso ajeno. Que alguien o que sus distancias. Que todo quede dicho y al mismo tiempo se pierda cada una de las palabras que aquí se escriben. Que uno pode todas las ramas que se han secado. Que cada una de las piedras caídas conformen un nuevo edificio. Que cada palabra sea una piedra y nadie tire la primera. Que alguien edifique un cuerpo como distancia. Que alguien se nombre a sí mismo en la pérdida. Que el aire irrespirable de los incendios se expulse, se esfume. Que alguien. Un aprendiz o un equilibrista. Que un cuerpo o un discurso. Que esta distancia sea suficiente para nombrarnos otros.



 


USE EL COJÍN DEL ASIENTO PARA FLOTAR


¿Es cierto que podríamos dormir sobre las nubes?

Diez mil pies de altura es la distancia exacta para qué, para quiénes.

¿Somos nosotros mismos mientras viajamos en esos minúsculos

asientos, sentados sobre cojines que, en caso de caer, no servirían

para flotar?

Para flotar qué mar.

Para flotar qué turbulencia.

No, no somos nosotros los que por las ventanillas miran.

Nuestros cuerpos nada saben de nadar, de nubes.

Las nubes son nada

caída

a veces

el último

recuerdo

de cosas perdidas.

Soñamos que volamos

pero es humo.



 

GRACIAS POR ESPERAR, POR FAVOR MANTÉNGASE EN LA LÍNEA

Y REGRESAREMOS CON USTED EN UN MOMENTO


Para Xitlalitl Rodríguez Mendoza


Es el teléfono lo que suena a todas horas. Son voces automatizadas

las que te ordenan que marques un número para luego tener que marcar otro número

para luego escuchar la música de espera, para luego marcar otro número, para luego

marcar otro número y que la grabación siga llevándote hacia una suerte de trance

como cuando estás sentado frente a tu terapeuta. Haga una inhalación

profunda por la nariz. Muy bien, sostenga el aire en sus pulmones.

Ahora exhale, deje salir el aire por la boca. Sea consciente de cómo con cada respiración

usted se va sintiendo más sereno y descansado. Usted puede sentir cómo su cuerpo

se va volviendo cada vez más pesado. Usted puede sentir cómo

su cuerpo cae, cada vez más y más pesado: abandonado. Entonces, cuando finalmente

después del laberinto de opciones numéricas y musiquitas para hacerte

compañía y que no sientas cómo es que el tiempo pasa, sólo entonces

una voz, que definitivamente no es humana, te dice: gracias por esperar,

te atiende __________ (ruido blanco), ¿cómo estás el día de hoy?

y tú quieres decirle que estás hasta la madre de tantas y tantas cosas

que cómo puede hacerte esa pregunta justo hoy

justo en este país

pero en lugar de eso

abres un libro de Charles Simic

y comienzas

a leerle en voz alta:



La araña ausente


He aquí su tela, pero nunca vi una araña allí,

excepto una falsa, ésas hechas de goma

que se venden en el fondo de una tienda

con adornos para peceras y juguetes para la bañera.



 

Sara Uribe (Querétaro, 1978). Sus libros de poesía más recientes son Un montón de escritura para nada, Antígona González, Abroche su cinturón mientras esté sentado y Siam. Su obra ha sido traducida al inglés, portugués, noruego, holandés, alemán y francés. Ha impartido los talleres Violencias, ética y cuerpo en las escrituras del presente, La experimentación poética contemporánea como apuesta desestabilizadora y Les reescribientes. Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y ha recibido el Premio Nacional de Poesía Tijuana y el Premio Nacional de Poesía Clemente López Trujillo. Es Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana.

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