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Carlos Vázquez


Foto de Adal Maldonado




abolengo

Provengo de un linaje ¿masculino?

curtido por la historia

diezmado por el fuego y el azufre

al mandato de Dios.

Hombres hechos caminando

a orillas de la ley

cortándose los pies

con el margen de los textos

sagrados. Sagrados entre sí

imagen y semejanza

cuerpo y sangre

vagando por crepúsculo y aurora

puntos ciegos del día en donde cada cual

puede ser lo que parece.

Hoy caigo del árbol genealógico

como fruto maduro apedreado

hacia fauces dispuestas

a saciarse con la sobra.

Hoy ruedo por el suelo procurando

lugar para descomponerme

tierra estéril que trague mi semilla

sin promesa. Hoy voy

a germinar

a crecer

a dar sombra

a quien se arrime exhausto

a soñar que puede serse

hombre de muchas… maneras.

Me deshago

me desustantivo

me despronombro

me desarticulo

me de(s)genero

me descubro al final. Soy

uno para el bochorno de los otros

para la admiración y el desenfreno

y su mirada cortante y su crujir de dientes

para amordazar mi exposición deshonesta

para la inmolación

Por un rincón de la lista inacabable de ultimados

me asomo, me asumo

—mariquita, mariposa, pato, oso, cachorro, puerco...—

exótica fauna rumiando por las barras

la vergüenza de ser

humano.

Danzo en santuarios

de música ensordecedora descascarando muros

o en marchas multitudinarias cuyas raíces liban

de la escupida fosa común de mis ancestros.


Eso no lo entiendes tú.

Por ello blando la pluma elegantemente

—hay que volar con gracia en el cielo

despejado de las páginas—

y celebro mi linaje trazando

nombres invisibles u olvidados

con coloridas tintas

en el aire.



silente



Hay cosas que rozan el silencio y hacen ruido

como la yema de tus ojos rascando mi silueta delante de la gente

como el tono menor y gutural con que tocas mi nombre

como el doble caracol de tus oídos

como tú mismo siendo

así

deshilando un músculo para enhebrarte al aire.


Hay otras que rozan el silencio y hacen un ruido...

Como el golpe de amarillo que ciertos robles estrellan

contra la carretera, y tú

como un sol duro castigando la vista con la camisa puesta.

Como la luz vibrante en las trémulas bombillas de los bares, y tú

filamento de hierro azul e intermitente columpio de mi cintura.

Como pies que tararean.

Como el -ombre encubierto en el pronombre

que tú, que yo y nosotros poseemos

pero ellos no detectan.


Porque hay minucias que tangen lo silente y ensordecen.

Como evocarte solo en la palabra

en el ovillo de letras que te cose al sonido

en el dulce zumbido que eres para mí.

Como entreabrir de noche una persiana para revolotearte en un suspiro

como cerrársela al mundo de momento

por querer o no saber

qué más contarle de ti.





mami



mi madre era una bestia

exceso de sí misma

escándalo de mujer

con cicatrices de astros

tatuadas por la espalda


la conocí cobarde y dócil

bajo un puño que prensaba el aceite

de sus aceitunas pardas


aquella misma mano

la pegaba de oído contra una pared

para inculcarle el zumbido

de la omnipotencia


del cuarto a la cocina, de la cocina

al balcón, del balcón al aposento, a mami

se la tragó el triángulo de las bermudas

de la domesticidad, la mordió

la quimera legendaria

que todo lo ve, que todo lo alcanza, y todo lo

soñado le chorreaba de las uñas cuando salía

al sol

a tender ropa


se hizo diestra en los oficios

de tragarse la voz, de recoger

las manos y retrasar

el paso, de deslecharse para criar

a tres retoños miserables


en su boca liqueaba una jeringa

que inyectaba el miedo al padre

pero ella me parió durante la inmunidad

puso un lápiz en mi mano:

¿cómo se escribe “venganza”, mamá?

“venganza” se escribe… con calma

y me enseñó a bailar en puntas de carbón


la bestia, el exceso y el escándalo

se redujeron a una línea tenue

que le sellaba labios y ondulaba

una levísima espuma de rabia

entonces, mami era mi terror y mi orgullo

lápidas se desplomaban sobre cada nombre

desgranado de su lengua

fijos, los ojos, a través de la persiana

reclamándole al cielo infinitas deudas


el azúcar cercenó su vanidad

una cama de hospital le tajeó la belleza

y aquel divino tesoro

resultó una baratija


su cuerpo cupo exacto en la gélida gaveta

de la morgue, y en el cristal del incinerador

pasé dos veces la mano

para esparcir vapores

o para despedirla



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