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Poemas de Elena Salamanca

  • Writer: Distrópika
    Distrópika
  • 2 days ago
  • 6 min read

Foto de Lucy Tomasino


de [INCOGNITA FLORA CUSCATLANICA] Primera edición bilingüe español-inglés. Traducción de Ryan Greene. La Impresora, Puerto Rico, 2025.


I


Valle inestable,

fugitivo

como pez de las profundidades 

que ha salido a la luz

y teme ver 

por primera vez.


Valle de temblores,

convulso

como quien recibió la carta del llamado a la guerra,

como quien no quiere morir.


Me llevas de la mano

y me sueltas:

con los ojos vendados,

jugando a la gallina ciega

en el laberinto de la Historia.


Toco:

Musgos mullidos.

Verdes deben ser

como fue el primer fuego,

fuego austral.                                                                                          


La vida no viene de la semilla

sino de la bacteria:

bacterias de terciopelo reunidas en colonia

sobre una roca. 

Aquella piedra antigua:

asteroide o vestigio de volcán.


Pruebo: 

“todas las cosas eran susurrantes y con gusto a azúcar”.

Aunque no exista lo dulce o lo amargo:

ni los hombres que

se tuestan la espalda en la zafra,

o en los campos de algodón,

recogiendo una suave flor blanca de rojas espinas;

tampoco hay las mujeres que oxidan sus manos 

entre tomates envenenados

o campos de fresas.


Huelo: 

Chocolate.

Mancha oscura que una vez fue semilla o moneda.

Olor entre hojas de papel,

un regalo, un poema.

Escribí un libro, no lo sé.

Tampoco sé quién te mató.


Pero sé dónde ocurrió:



Llama de asteráceas,

pétalos que,

fractales,

fueron geometría 

antes que flor.


Verde es la lava,

del color que consume el fuego,

la semilla que explotó en el aire

incendiada por la violencia.


Bromelias que no serán

bromelias.

Tillandsias que flotaron

antes de la ley de gravedad,

flores aéreas,

porque no existía la superficie.


Y el espíritu del universo se movía sobre las aguas

y no era pez 

ni trilobite.


Amarantáceas con pelos y tentáculos.

Flores que pudieron tener aletas

y no pétalos.


Tal vez monstruos.





El polen está aquí,

entre ceniza y piedra volcánica,

marcado en las paredes

como un antiguo grafiti. 





En el siglo III, la caldera de Ilopango hizo erupción.

Su magnitud fue la de una hecatombe:

su lava borró el orden inicial de la Tierra,

su ceniza cubrió miles de vegetaciones kilómetros a la redonda.

Vegetaciones desconocidas:

no hubo tiempo para nombrarlas.


He estado excavando con las manos

sin más instrumento que mis uñas.

Y donde temía encontrar cadáveres

encontré surcos.

En las paredes internas de la tierra,

capas de ceniza,

[TBJ, Tierra Blanca Joven, dirán los científicos]

encontré semillas.


¿Es posible que no las hayan calcinado las lavas superpuestas por los siglos?

¿Es posible pensar que aún algo florece aquí?


Muchos años, siglos después,

los arqueólogos nos dieron los nombres de lo que subyacía

como forma transitoria de otra cosa:

como androginia de plantas y mamíferos,

como cosa que es y no será. 

Y tampoco era. 


Ahora yo, con las uñas negras de tierra, 

sin más ley que mi lengua, te dicto sus nombres:


Asteraceae

Amaranthaceae

Iresines

Polygonum

Myrtaceae

Ambrosia

Mimosa [púdica]

Siemprevivas


Guárdalos cerca de tu corazón 

y vuelve a pasarlos por él cuando las encuentres en tu camino,

como simple hierba.

Míralas con reverencia: poblaron la Tierra antes de que existiera el lenguaje. 




La impronta de una hoja

de tantas eras,

como códice vegetal,

narra un espacio desconocido

cuando la Tierra no era esto

y verde era su ley.


Improntas de hojas grandes como las manos de un agricultor

y diminutas como las de un recién nacido.

Antes,

mucho antes

de las huellas en las cavernas,

manos de mujeres que no sabían que ser mujer era el silencio.

Y un lenguaje sin nombrar

les permitía estirar la mano sobre la piedra,

pared antes de ser pared, 

y marcar su huella.


Yo también he tenido hojas en las manos, 

plantas que vivirán miles de años.

Me las dio un muchacho que no me quería:

solo las extendió como un mandato:

-- 8 mil años han vivido estas flores, 

le expliqué.


Y aquí estamos nosotros,

sin amarnos.


III



Marianne North,

aunque era cantante,

decidió cundir su piel de picaduras de mosquitos en la selva.

Conoció a los pericos [Psittacula wardi],

saetas verdes que rompían el aire al atardecer en busca de sus árboles,

y los pintó sobre las ramas de un árbol de fuego.


El árbol de fuego [Delonix regia] 

crece en toda la carretera del litoral,

bajo el sol de Sonsonate,

que quizá no sea sol, sino piedra incandescente.


Por todo el litoral,

bajo las flores rojas de la [Delonix],

se observan cruces:

de colores, pintura de aceite,

maderas podridas y honestas.

Son las cruces de los asesinados en el camino.

De los arrollados, de los abandonados en la carretera

como quien se deshace de algo, lo que no importa.

Son las cruces de los que al menos fueron encontrados.


Alguna vez yo, 

soprano frustrada como Marianne North,

también canté a los nombres desconocidos de esas cruces.




Rosa Luxemburgo coleccionó flores en la cárcel:

Un herbario

donde guardó pensamientos salvajes 

[Viola tricolor] 

pensamientos comunes

[Viola cornuta]

flores tempranas de otoño.

Porque el invierno 

quién sabe 

si ocurrirá

algún día.


Por favor, di a las esposas de los generales 

que, como sus abuelas, 

Rosa Luxemburgo coleccionó anémonas,

y usó un sombrero de paja,

también como ellas, 

en las tardes del viento lacustre

de Coatepeque.




Las tías de Coatepeque y sus esposos los generales 

no perdonaron

a las muchachas como Rosa Luxemburgo.

No hay semilla que valga

ni anotación del tiempo de floración

de las margaritas

cuando vienen los anticomunistas,

las manos blancas,

los escuadrones,

los manosduras,

y no hay posibilidad de tener flores en las manos

como habíamos tenido antes,

sin amarnos.



Poema de las mimosas púdicas

Del Libro Mimosa (Im)púdica, Editorial Playa sucia, Festival de Poesía de Puerto Rico, 2025.


El día que desayunamos mimosas, murió el poeta Cardenal.

Por alguna razón terrible yo nunca pude pensarlo como “el padre”, 

tan anciano,

sino como aquel hombre sin camisa en las playas de Cuba en 1970.

Es comprensible, no me confieso desde 1991, antes de hacer la primera comunión.

Y desde entonces

he acumulado pecados 

blancos y sencillos 

como el deseo.


Te lo dije,

o tal vez lo pensé 

mientras caminábamos por  la ciudad

y yo temía encontrar en algún camino a un hombre del pasado.

En Mercurio retrógrado, es común que gente de tu pasado aparezca de pronto en la calle, me dijiste.

Y yo temblé disimuladamente como la gasa de mi bata,

porque ya tengo edad de salir en bata en domingo y no preocuparme por lo que dirán.


Frente a nosotros, aquellos edificios del esplendor de 1920.

Lo que vivieron y perdieron nuestros abuelos

por el honor, por el casino o por la depresión de 1929.


Tal vez si lo hubieran sabido,

habrían aprendido a zurcir aquellos vestidos de cristales y seda verdadera

que usaron hasta que sus flores se marchitaron.


En en el sexto piso del edificio México, un gato gris de rayas

asoma sus orejas en el marco de la ventana.

No sabes nada de gatos así que preguntas: ¿se tirará?

Y yo respondo que podría vivir feliz con mis gatos en un departamento en ruinas.

Miraste las plantas atrapadas en los balcones y te imaginaste con un perro

mirando hacia el cielo 

un poco ignorantes de todo 

como el pájaro que vuela y no sabe que un gato lo caza en su imaginación.


Somos niños de las ruinas.

Yo no aprendí a usar la bicicleta porque empezó la guerra.

Nadie puede comprendernos porque

en un país posrevolucionario,

¿quién espera la revolución?

Y aquel perfume del verdadero olor de los hombres en Cuba en 1970

como el padre Cardenal cuando había sido excomulgado

y era, por primera vez, un hombre cualquiera.



Amé un hombre, amé dos, amé tres

La suerte nunca llega en número par.


¿Quién quiere al príncipe después de haber conocido lobos?


Mientras,

seguimos viendo los edificios y sus balcones.

El gato en la ventana encuentra al pájaro

pero está tan cansado para el salto del suicidio

que bosteza y se enrolla sobre su cola,

como la mimosa púdica

aquella hierba sensitiva que se aburre de su propia belleza 

y prefiere dormir el sueño de los injustos hasta el otoño.

Nosotros miramos los balcones y las ventanas

y fantaseamos con lo que ocurriría dentro 

en esos departamentos en los que seremos esos solteros de perros y gatos

y algunas noches de confusa soledad.

Pero bien sabemos que 

aunque brillen las luces en las ventanas

Nosotros somos siempre los que observan desde afuera.


La botella en la cartera

(Del Libro Mimosa (Im)púdica, Editorial Playa sucia, Festival de Poesía de Puerto Rico, 2025)


Elena Salamanca, Historiadora, escritora y curadora de arte salvadoreña radicada en México. Candidata al Doctorado en Historia por el Colegio de México, Maestra en Historia por el Colegio de México y Máster en Historia Iberoamericana Comparada por la Universidad de Huelva, España. Es Honorary Fellow in Writing por el International Writing Program de la Universidad de Iowa. Sus últimos libros son Kneeling before corn. Recuperating More-than-Human Intimacies on the Salvadoran Milpa (The University of Arizona Press, 2024) e [Incognita Flora Cuscatlanica] (La impresora, Puerto Rico, 2025). Sus libros han sido publicados en Estados Unidos, Italia, México, Puerto Rico, Guatemala y El Salvador y han sido traducidos al inglés, italiano y francés. Ha recibido tres veces el Premio Nacional de Poesía de Juegos Florales en El Salvador (2021, 2022, 2023). Entre ellos están [Incognita Flora Cuscatlanica] (2025), Mimosa (im)púdica (2025), Landsmoder (2022), Monsters maybe (2022) y La familia o el olvido (2017).

Su literatura explora las relaciones entre historia, género, otredades significativas y relaciones más que humanas. Combina literatura, performance, memoria, duelo y política en el espacio público.






 
 
 

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