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Poemas de Mirna Estrella Pérez




Siempretardes, contándole a Rosario


“Porque si tú existieras

tendría que existir yo también. Y eso es mentira."


Rosario Castellanos



Nunca pensé que fuéramos bruma, tan envueltos en la invisibilidad que era imposible extendernos la mano. Yo quería abrir cortinas, poner canciones de amor, saltar sobre la cama, pero me pediste que me mordiera la lengua, que me mantuviera bien lejos de tu pecho para evitar así volverme trascendente. Yo te necesitaba. Tú me pasabas la mano por la cabeza como premio de consolación. Todo estaba oscuro, tu voz siempre con interferencia, con la prisa del que se esconde, yo con la mía tan quebrada, inútil, llorosa. Un día dejaste de sonar en mi cabeza. Me volví loca tirando muebles, quemando libros, desconectando aparatos eléctricos. Ese mismo día, ante el alboroto, entró a mi casa un batallón: la jauría. Ella miró a través de mí, y rió junto aquel que dijo: Yo no creo en fantasmas.


“Hombre, donde tú estás,

donde tú vives, permanecemos todos”.


Rosario Castellanos


Rosario se está quedando dormidita. Me pide que arrugue tu nombre, que me lo coma, si es que aspiro a sanar, que levante los pies ante tu paso escurridizo, que cruce las piernas ante tu verbo ágil, que me seque el maquillaje, que se corre, y salga a atrapar alguna presa pequeña. Ella me dice y me sigue diciendo que tienda la cama con sábanas nuevas, que lave las ventanas y aparte de ellas todos los nidos deshabitados. No parece entender por qué permanezco tan callada. Voy flotando por la habitación, aturdida, no atino ya a escuchar sus consejos. Intento una palabra, dos, tres... los signos de exclamación se han hinchado, tanto o más que mi mano derecha:

—Me ha mordido, Rosario. ¡Me ha mordido!



“Y deletreas el nombre del Caos”.

Rosario Castellanos



No hay redes suficientes para asirte a mis ojos. Los rostros que le hacen el amor a mi cabeza… ninguno me parece conocido.

Me pongo a prestarle atención a las sombras del vestuario. Una idea recurrente me alborota: Mi padre puede morir en cualquier momento, cuando él quiera, y yo no sabría cómo sobreponerme.

H-u-m-b-e-r-t-o y yo tuvimos años buenos cuando me empujaba en el columpio, por horas, sin cansarse, y me preparaba el desayuno los fines de semana: papas con cáscara como le enseñaron en la milicia. Era un hombre enfermo del corazón, casi por herencia. Nunca supo cómo se ama sin levantar la voz.



“Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria”. Rosario Castellanos



Me he levantado, en este domingo de padres ausentes, con un llanto incontenible. Me sé sola y sin pañuelos que batir al pie de la estación. Menos de veintidós minutos duró la visita que le hice. Es mi Caos, tal como dices, Rosario. Lo primero que sentí al verle fue el vivo temor a un golpe, así como en mis años pequeños. No comprendí que ya es un anciano bordeando el final, de ancha espalda y una sordera que me intranquiliza. Me senté en el sofá, puse detrás de mí algunos de sus cojines, en los que había molinos dibujados, sin rastro alguno de Dulcinea. Después de ciento setenta noches, no tenía nada que decirle, un éxito del cual sentirme orgullosa, una buena noticia. Discutimos por algo… ya no recuerdo, y me despidió sin que le temblara la voz al darme la orden: ”Cierra el portón con candado cuando salgas.”


Le seguí hasta la puerta, como si todavía tuviera siete años.




“Porque desde el principio me estabas destinado. Antes de las edades del trigo y de la alondra y aun antes de los peces”. Rosario Castellanos


Yo estoy allí, en todo acento extranjero que te pregunta por la hora, en la viudez infelicísima de los bosques, en el maíz que vas ahorrando para las sisellas. Estoy en tus instantes de pío y maligno, cuando cuentas hasta diez para no nombrarme. Yo estoy, porque la mente es poderosa, y soy una idea con nombre propio que tiene continente.

Estoy. Minimizar la verdad es multiplicar la mentira.


“Me enseñaron las cosas equivocadamente los que enseñan las cosas...”. Rosario Castellanos

Las mujeres no escupimos

aunque tengamos un resfriado del demonio.

Es preferible tragarse toda secreción

a dejar por ahí evidencia de nuestras glotonerías y dolamas.

Que nunca se sabe quién vendrá a sacarnos en cara

lo pocas mujercitas que somos,

con lo duro que es el camino que nos queda por andar,

para nada alfombrado, para nada sobrevolado por pajaritos.

Esos sagrados micrófonos de dios que jamás se callan.


“Es septiembre. Ha llovido”. Rosario Castellanos



Me vi las manos un momento, después de pasarlas por el borde de la ventana. —No soy la misma —pensé—, ya el sucio no me asusta. Con la costra me hice una línea vertical debajo del ojo, para simular una lágrima. —No soy la misma, ya no lloro. Ya no les temo a los perros. Debería regalarme uno de lengua larga y negra, para esas noches que no sé cómo secar.

Me vi los pies de morado esmalte un momento, después de pisar algún insecto misántropo. Pensé que hace un tiempo una experiencia como esa me pudo llevar mínimo a saltar por el balcón. Hoy todo fue tan sencillo como sumergirlos en agua limpia, y recoger más tarde los pedazos. Sentí pena por él, es una mancha blancuzca en la alfombra.

Me vi los senos un momento, tan pequeños y prendidos, después de frotarlos por casualidad contra el estucado de la pared. Entonces me dije: —Has superado la superficialidad de las niñitas limpias y lloronas, que no soportan el polvo, no el tipo de polvo que hay en las ventanas, las que mienten cuando dicen que una lengua siempre dispuesta no les llama la atención, las que se cortarían el pie después de pisar a una cucaracha, las que no saben estar a solas con ellas mismas.


Es septiembre. Ha llovido y ya no soy tan cobarde.


Mirna Estrella Pérez nació y vive en Puerto Rico desde el 1978. Tiene editado el poemario Ecos de Eva, Ediciones Atenas, Barcelona, España, 2005. Fue mención de honor del VII Certamen de Poesía: “Pilar Paz Pasamar”, de Jerez de la Frontera, España, con su obra Antífona y obtuvo el Accésit en el I Certamen Concursalia de Poesía, ciudad de Barcelona 2007, con el libro: Manifiesto sobre las tristes. En diciembre 2008, el libro Manifiesto sobre las tristes obtuvo el Premio Nacional de Poesía otorgado por el PEN Club de Puerto Rico, como mejor trabajo poético publicado durante el año 2007. La segunda edición de Manifiesto sobre las tristes vio la luz en marzo 2009 a través de Sótano Editores, Puerto Rico. En el año 2010 su libro Miss Carrusel fue publicado y justo al año siguiente reconocido por el PEN Club de Puerto Rico. El 21 de marzo 2020, fue el fallo del Premio Vicente Rodríguez- Nietzsche, donde el poemario Fallé en calcular la brutalidad de los años, obtuvo el galardón. La obra será publicada. A mediados de octubre 2020, la autora obtuvo el Premio Nacional de Poesía del Instituto de Cultura Puertorriqueña con el libro: Un hilo de duda en la saliva. Su novela, El dulce cretino de la calle, será divulgada por la Editorial de la Universidad de Puerto Rico en el 2021. Los poemas publicados aquí son inéditos.

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